Ya en una ocasión, Cuchillero me recondujo, ya que según su manera de ver las cosas, si no tienes nada bueno que decir de alguien, es mejor no decir nada. Por otra parte, me parece injusto el que si uno va a un sitio y le parece estupendo lo difunda, mientras que si no es así se lo calle.
En el caso de un bar, siempre se puede tener un mal día, por otra parte. Incluso puede que sea mi estado de ánimo el que me hiciera verlo todo negativo.
Voy a intentar en este post realizar un ejercicio.
En un concurrido bar del nuevo Alicante que ha crecido en los descampados que había entre las playas de la Albufera y la Playa de San Juan, muy grande y con muy buena fama, fuimos la semana pasada a tomar unas tapas a la hora de comer. Pedimos una ensalada, consistente en trozos dispersos de unos cogollos, unos tomates y un huevo duro (entero, sin cortar), unas croquetas (congeladas y con ese sucedáneo incomestible de pseudomayonesa sin huevo que además está dulce), una ensaladilla rusa (también congelada), y unos pinchitos morunos (con el cerdo crudo, y de los industriales no pudimos comer ni la mitad). Antes de seguir, pedimos la cuenta, que por esas tapas y dos cañas (pequeñas) nos soplaron 25 euros. Puede parecer que no es caro, pero por la tomadura de pelo a mí me lo pareció. Lo importante de un bar no es el precio en valor absoluto, sino lo que uno paga en función de cómo es el local, la atención, y lo que comes.
Bien, después de ésto, ya no volveremos más como es lógico. No voy a poner el nombre del bar, ni su dirección, ni su teléfono, pero sí una pista. Nadie lo podrá encontrar con Google, pero quizá los alicantinos hambrientos tengan alguna idea. El caso es que estaba lleno. ¿?






