Adjunto esta contribución de mi hermano E por su gran interés para la gastronomía mediterránea.

Recientemente he tenido la ocasión de viajar a Orán, una ciudad que, situada en un país cerrado casi por completo al turismo es hoy en día poco frecuentada por los españoles (y los europeos en general). Y, ciertamente, ha sido todo un descubrimiento, prometedor en lo profesional y una gran experiencia en lo personal. No quiero ocultar que mi predisposición era positiva, pues el viaje tenía para mí connotaciones que iban más allá de lo profesional, que nacieron probablemente durante mi adolescencia pandillera con mis amigos los B., espoleados en su imaginario por su cabecilla K. (oriundo del Magreb). Pero esta es otra historia.
La ciudad de Orán, tan cercana, tan desconocida en nuestra orilla del Mare Nostrum está muy lejos de ser exótica y misteriosa. Ni siquiera está mínimamente tocada por el exotismo mejor conocido de las ciudades del vecino Marruecos. Por el contrario: se trata de una ciudad de aspecto sorprendentemente europeo, europeo del sureste de España, para más señas. Y es que su luz, su vegetación, sus edificios y su trama urbana tienen un aspecto tan familiar para un alicantino, valenciano o malagueño que, a veces, es necesario pararse para recordar que uno no se encuentra en esta orilla, sino en la otra. Y es que, no en vano, tenemos un pasado común, de siglos de historia -a ratos próspero e ilusionante, a ratos tormentoso- y un presente también común, con una interrelación creciente, pues la proximidad geográfica y la atracción mutua son más fuertes que las enormes barreras culturales y políticas que hemos levantado en tiempos recientes en ambas orillas y, cada vez más, las desbordan. En resumen: una ciudad fantástica, en la que, a pesar de las mencionadas semejanzas, no resulta fácil llegar a perder la perspectiva de que aquello es sur y esto es norte...
Durante mi corta estancia, tenía el deber y el honor de cumplir un encargo de Randolo: alimentar su suculento blog con una experiencia culinaria interesante. Debo confesar que, cuando llegué, el asunto me pareció difícil ya que, al tratarse de un país con tan escaso desarrollo turístico no conseguí encontrar reseñas previas de restaurantes por internet y, una vez allí, ¡tampoco se veían por la calle!. Pero finalmente se hizo la luz, por obra y gracia de mi amigo argelino T., quien tuvo el acierto de llevarnos al restaurante Le Corsaire. Y la gran experiencia sucedió. Y no fue la única.
Para describir la sensación que tuve en Le Corsaire no se me ocurre mejor forma que recurrir al cine. No se si habéis visto Ratatouille. Casi al final de la cinta, hay una escena, memorable, en la que el despiadado crítico gastronómico Ego es invitado al restaurante de Linguini y Colette y, al probar el ratatouille, queda absolutamente extasiado y su mente retrocede en el tiempo muchos años, hasta cuando era niño, en su pueblo, y llegaba a casa del colegio a comer el mismo plato, el ratatouille, cocinado por su madre, plato familiar, sencillo y popular.

Pues, amigos: entrar en Le Corsaire evocó en mí un impacto parecido al de Ego, pero sin ratatouille. Me vinieron imágenes y sensaciones fugaces, vividas, siendo muy niño, a finales de los años sesenta, o muy al comienzo de los setenta, con mis padres, en algún restaurante del sur de de la costa alicante o norte de la murciana. Quizás en Lo Pagán, quizás en San Javier o en Torrevieja.
Es Le Corsaire un restaurante de pescado y marisco mediterráneo, de cocina alicantino-murciana, diría yo, misteriosa y afortunadamente congelado en el tiempo. Un fenómeno ya extinguido en esta orilla, por falta de género y exceso de ambición y también de absurda sofisticación. Un mamut no extinto en el norte de África.
Esta auténtica reliquia gastronómica y cultural se encuentra situada en el bajo y primer piso de una magnífico caserón de piedra de estilo español situado en la
Place de la
République Sidi el-
Houari, muy próxima al puerto pesquero de
Orán. Tras rebasar una terraza exterior, en la calle, con mesas de aluminio y protegida por unos evitables carteles de helados, se franquea una elegante puerta de vidrio y madera y, a mano izquierda, llama la atención un gran mostrador con pescado, el pescado del día, el que vas a elegir para que te cocinen. A la antigua usanza. Pude identificar de un vistazo género muy variado, poco habitual en nuestros restaurantes, ejemplares de una misma especie y de distintos tamaños (ya sabéis lo que quiero decir), entre los que pude identificar un enorme dentón, salmonetes, meros, langostas, sargos, congrios, morenas y doradas.

Los salones no son muy grandes, pues la planta de la casa no lo es. Pero, eso sí: son muy, muy familiares. Mar Menor. Cabo Roig. Años setenta. Vigas de madera en el techo. Camareros (y camareras) con un uniforme llamativo, marinero, que no se pondrían hoy si fuesen españoles. Carta vieja, de plástico, poco cuidada... bien es cierto que para poco sirve, pues la verdadera carta está a la entrada. Servilletas de papel. Sorpresa: los nombres de los pescados están en español. El restaurante está lleno. La gente está animada y habla en voz alta, toda una “algarabía” (nunca mejor dicho). Viene el camarero y pregunta qué queremos. Optamos por unas entradas, una sopa de pescado y un plato principal. Pescado por supuesto. Al ver que había sargos, imaginaos, los que me conocéis, que no podía pedir otra cosa. Mis amigos optaron por dorada y gambas rojas a la plancha en salsa.
Los salmonetes están exquisitos. La sopa de pescado con tropezones de pan tostado y salsa “andalouse” también. Mientras estamos terminando los primeros, la camarera se acerca con un sargo de a kilo en la mano y me pregunta que si lo quiero. Le digo que es muy grande y me acerco con ella al mostrador. Le indico otro más pequeño. Lo hace a la plancha, con un acompañamiento sencillo de patatas y ensalada. Exquisito. Frente a nosotros, en una mesa pequeña, se sienta un señor de aspecto francés y come solo. Los camareros le conocen.

A mi derecha, en una mesa redonda, se sientan nuevos comensales. Cuatro o cinco hombres en la treintena. De repente, un camarero se acerca a su mesa con un mero de seis u ocho kilos agarrado por las agallas... que al cabo de un rato vuelve a su mesa en una enorme bandeja de metal. ¡Qué espectáculo!


En fin, para qué seguir. Una experiencia memorable, a unos precios más que baratos. Todo un festival en el que por mi parte, sólo eché de menos algo que, desde este lado del mediterráneo es habitual aunque es quizás comprensible cuando se está allí: no había ni vino ni cerveza.
100 dinares = +- 1 €
Le Corsaire
9, Place de la République Sidi El-houari - Oran
Tél : 041.39.31.20 0770.99.99.31